Ante la perplejidad del mundo actual se impone un modelo de escuela que atienda a todo su alumnado y profesionales, que sea una escuela de todos y todas y para todos y todas. El futuro requiere de un Proyecto Educativo basado en consideraciones sociales y pedagógicas que conecte las enseñanzas educativas  con  “el saber convivir” y “el saber hacer”.

       Todos los docentes somos conscientes de la diversidad de los/as alumnos/as y de la evidente repercusión que esta circunstancia tiene en las aulas. Tanto el desarrollo de capacidades, como la adquisición y asimilación de conocimientos, procedimientos y actitudes dependen de condicionantes personales y contextuales. 

       Por ello, el modelo educativo adoptado en general por la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo de Educación (L.O.E.) y la Ley de Educación de Andalucía (L.E.A.) y, en concreto, la Orden de 25 de julio de 2008, ponen en primer plano la necesidad pedagógica, la capacidad de articular unas modalidades de actuación eficientes para alumnos y alumnas diferentes. El objetivo de la educación obligatoria es ofrecer al alumno y a la alumna una cultura común a la que debe tener acceso cualquier ciudadano. En esta clara intención educativa se condensan las aspiraciones de igualdad de oportunidades que deben caracterizar a la educación escolar.

Justificación: 

       Para nosotros, el conjunto de medidas fruto de esta reflexión compondría lo que denominamos Atención a la Diversidad, que son las que cabría esperar en cualquier Plan de Atención a la Diversidad que pueda ser considerado por nosotros como tal.

       Para ello hay que tener en cuenta que el punto de partida debe fundamentarse en que:

       Los centros son diferentes: es una realidad, difícilmente cuestionable, que cada centro escolar posee rasgos propios y específicos que le confieren una cierta identidad. Esa personalidad actúa, a veces, como motivo de elección preferente tanto por los padres y las madres como por el propio profesorado, que encuentran en ella determinadas garantías para educar a sus hijos/as, o desarrollar su quehacer profesional, conforme a sus valores y expectativas personales.

       Cada centro constituye, por consiguiente, un contexto singular con una cierta tradición educativa y una dinámica propia de funcionamiento que afectan a todos los miembros de la comunidad escolar.

       Las aulas son diferentes: es un hecho comúnmente aceptado que cada aula constituye un contexto singular y, en ciertos aspectos, irrepetible. Esto es así dentro de un mismo centro y aún con grupos de alumnos/as del mismo nivel académico y similares características de edad y extracción social y cultural.

       Esa especificidad adopta diversas formas que inciden en mayor o menor medida en el proceso de enseñanza y aprendizaje. A veces, el grupo-aula se singulariza positivamente por su elevado nivel de cohesión, sus expectativas favorables al aprendizaje, el clima de relaciones de comunicación que ha logrado generar, e incluso por la propia personalidad y la actuación de sus líderes. Son esas aulas con las que el profesorado no suele tener grandes problemas y en las que los incidentes normales se resuelven sin mayores dificultades.

       Los/as alumnos/as son diferentes: los/as alumnos/as desarrollan, junto a las capacidades intelectuales y afectivas propias del pensamiento, un peculiar estilo cognitivo y un campo de intereses y expectativas personales con características diferenciadas de las del resto de los individuos del grupo.

     Cada equipo docente y cada maestro/a tienen que decidir sobre los valores educativos y las opciones metodológicas que consideran más eficaces para estructurar su actuación docente. Son los propios docentes quienes, en función del contexto social y educativo en el que desempeñen su labor y de sus posibilidades de intervención, deben tomar y justificar sus propias decisiones. En esta línea, la elaboración del Plan de Atención a la Diversidad  contribuye a favorecer estos procesos.

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